La mirada volátil

"Lo único que nos tapará la boca serán los besos"

Elecciones

Quedaban pocas horas para su fiesta de graduación y todavía no había decidido qué vestido se iba a poner. El rojo o el naranja; por más que los mirase ninguno le decía menos que el otro. Le parecía ridículo que después de tantos años de esfuerzo, nervios y estudio, fuese aquella nimiedad lo que estaba apunto de acabar con su paciencia (lo cierto es que todo eso de escoger siempre se le dio francamente mal). Agarró las dos prendas y se dirigió al salón de su casa, donde su abuelo pasaba la mayoría de las horas del día. Era un hombre de pocas palabras y grandes conversaciones de lucidez variable, que gustaba de pasar el tiempo en silencio y casi a oscuras. Entró como un torbellino, subiendo las persianas con fuerza y colocándose justo en frente del hombre. Él la miró y sonrió (solía provocar esa reacción en su rostro).

-¿El rojo?

No dijo nada, esperó a que ella desenredase su propio nudo. A menudo, las generaciones que los separaban eran las mismas que los colocaban al mismo nivel.

-No, el naranja es mucho menos pretencioso. Creo que es más apropiado.

Siguió callado, pero esos escasos segundos ya le habían servido para descubrir que la cuestión iba de mucho más que de ropa. De hecho, las prendas tenían muy poco que ver con todo aquello.

-Ay mira, no sé. Lo mejor es que me quede en casa.

El anciano arqueó su ceja izquierda dibujando un porqué de silencio que su nieta entendió a la perfección. Con hastío, se sentó en el suelo y resopló.

-¿Hay alguna manera de saber si la decisión que vas a tomar o has tomado es la correcta?

-Así a bote pronto nunca nadie lo sabe… ¿Cómo vamos a entender del futuro si a duras penas sobrevivimos en el presente?

-Ya, pero habrá algún modo de no equivocarse.

-No te creas…

-¿Y la intuición?

-La intuición es imperfectamente humana. Es más, te diré una cosa: no te fíes de quien frente a todo lo demás prioriza siempre a su olfato.

-¿Por qué?

-Porque la vida va más allá de una primera mirada sin profundidad.

-Todo sería mucho más fácil sin la obligación de elegir, ¿verdad?

-Supongo, y también más aburrido. Al final solo elige quien tiene algo de libertad. Una esclava no suele tener derecho a tomar muchas decisiones… ¿No has oído aquello de que la elección bendice y condena? Eso es caminar.

-Pues me apetece quedarme quieta por un tiempo.

-A veces pararse es avanzar.

-¿Y si me he equivocado?

-Vuelves a empezar. Esa es la magia de la vida, de la que tú tienes y a mí me empieza a faltar.

Revolución

-¡Hola!, ¿vienes a mi casa? Necesito que me hagas una foto.

-Estoy bien, gracias.

-Es que ya sabes como es Fran para esas cosas, si se lo pido a él capaz me saca con la cabeza cortada o el fondo enfocado pero no mi cara.

-Sí bueno, mi día no ha estado mal gracias por preguntar.

-Perdón, estoy un poco nerviosa, ¿entonces vienes?

-En media hora me tienes allí, pero me invitas a cenar. Y nada de plancton, tofu o esas guarradas que tú comes.

-Morirás de colesterol.

-Pero moriré feliz.

-Bueno entonces me voy preparando… ¿Qué me pongo?, ¿el vestido rojo o el verde?

-¿Para qué?

-Para causar buena impresión.

-Eso de la impresión me parece una bobada.

-El verde, que dicen que es el color de la esperanza. Merci, te debo una.

-¿Una pizza?

-O dos, si quieres. Te veo en nada. Un beso.

Sus conversaciones tenían mucho de locura, pero no eran inconexas aunque algún oído ajeno y furtivo pudiese pensarlo al escucharles hablar. Se entendían porque ambos eran huracán.

-No sé ni si tengo batería en la cámara, si no tendremos que esperar un rato.

-Es que ha sido todo de imprevisto.

-¿Para qué necesitas que te saque una foto?

-Para el currículum, he encontrado la oferta de trabajo perfecta.

Al decirlo abrió tanto los ojos que su cara se convirtió momentáneamente en un dibujo animado. Siempre le ocurría cuando estaba emocionada.

-¿Y el taller?

-Ese puesto es perfecto para otra persona que desde luego no soy yo.

-¿Y no tienes ninguna de carnet?

-Supongo, pero odio las fotos así. Si el diablo existe seguro que sube del infierno y entra a este mundo materializado en esos cachitos de papel.

-Un poco exagerada, ¿no?

-Explícame cómo puede ser si no que una imagen del rostro de una persona mienta tanto sobre ella misma. En su DNI mi madre parece una asesina en serie alemana.

-Tu madre es cubana.

-Y una vez lloró por pisar un caracol sin querer. A eso me refiero exactamente.

-¿Y tú en el tuyo qué pareces?

-Alta y normal, pero normal de aburrida.

-Vale, eso sí que es una gran mentira.

-Qué gracioso, ¿eh?

A menudo, sus diálogos se equiparaban a un partido de tenis. Entonces las palabras se convertían en pelotas veloces imposibles de seguir con la mirada sin perderse.

-Hemos tenido suerte, todavía tiene carga.

-¿Dónde me pongo?

-Delante de la ventana, aún podemos aprovechar lo que queda de luz natural.

-¿Me pinto los labios? Me siento más poderosa si los llevo rojos.

Metió la mano en su bolso sin esperar a la respuesta. Muchos de sus interrogantes no necesitaban de una solución externa. Simplemente los decía en voz alta porque parecía que en su cabeza no cabía nada más. Se apropiaba del aire exterior cuando el frenesí no dejaba espacio en su interior.

-¿Por qué cada vez que busco algo en el bolso encuentro de todo menos lo que necesito? Aquí está.

Utilizó la pantalla apagada del móvil a modo de espejo.

-Vale, ya estoy. Ahora… ¿Qué?

-Nada, ya la he hecho.

-¿Cómo? Si no estaba posando.

Se miraron unos segundos, pero ninguno de los dos dijo nada más.

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Ilustración de Marcos Severi

Ella quería verdad en sus fotos y sabía que no había nada más sincero que la rebelión. Ella quería verdad en sus fotos y también sabía que ser una misma era hacer revolución.

Vientos vacíos

Les costó mucho subir a la cima de aquella montaña. Sobre todo a ella, que en el fondo y en la superficie odiaba hacer deporte. Habían comenzado casi a la par que el sol y, ahora que estaban arriba, el cielo les saludaba con los colores vivos del atardecer. El viento era fuerte, pero también agradable. Las vistas le sorprendieron.

-¿Esto era?

Abrió con fuerza los ojos, como si al hacerlo también lo hiciera su mirada. No se veía nada; sólo las nubes rosas aterciopeladas y el cielo.

-Desde aquí no se ve más que el vacío.

Se apoyó con brusquedad en una roca saliente de formas cambiantes y redondeadas. Su cuerpo se convirtió al instante en un peso muerto que contrastaba con la viveza con la que todavía latía su corazón, alterado a causa del esfuerzo físico. Él le acercó una botella de agua y ella se mojó la frente.

-Hace mucho calor, pero no sé si es dentro o fuera de mí.

Se tomó tres segundos para respirar profundamente, el silencio de aquel lugar era maravilloso. Sólo después de aquello él habló.

-Sí, esto era.

-Me esperaba algo distinto Manuel.

-Siempre solemos hacerlo.

Cuando le dijo que se sentía incompleta no se imaginaba aquello. Para empezar, para una persona como Clara, una escapada al monte no era el mejor remedio y, como solía ocurrir siempre que hacían senderismo, no paró de quejarse mientras subían. Él, en cambio, aguantó sus embestidas verbales con semblante tranquilo. La metástasis fue perfecta, porque aquel sosiego penetró por los poros de su piel hasta inundarle los huesos, convirtiendo el final del camino en un paseo amable. Pero sobre todo, cuando le dijo que se sentía vacía no se imaginaba aquella reacción: “coge tus botas” le dijo, nos vamos de paseo”.

-¿Por qué hemos venido aquí?

-Porque me dijiste que necesitabas encontrar un sentido a tu existencia, llenarla.

-¿Y esto me lo va a permitir?

-Intenta coger un puñado con las manos.

-¿Un puñado de qué?

-De viento.

-Eso es imposible, ¿no lo ves?

-¿Estás segura?

Siempre andaban con el mismo juego de las preguntas. Compartían la verdad de que a un interrogante siempre le sigue otro.

-Manu, ¿me estás vacilando?

-¿Yo?

-¿Me has traído aquí para que coja un puñado de aire?

-Puestos a escoger, creo que este es de mucha mejor calidad que el de la ciudad.

-Pero el aire no se puede agarrar, no se puede guardar entre los dedos de la mano, se escapa.

-No se escapa, ¿no notas el viento en tu cara, en tu pelo, en tus brazos?

-Claro.

-¿Entonces porqué vas a agarrarlo si ya lo tienes?

-Porque tú me has dicho que lo haga.

-Bien, ahora cuéntame por qué te sientes vacía.

Están cantando para que tú bailes

Si no puedo bailar, no quiero estar en su revolución. (Emma Goldman)

Que el tiempo influía y en cierto modo controlaba su estado de ánimo era un suceso innegable. Lo que todavía no tenía claro era si alegrarse o enfadarse por aquello. Le atraía la idea de estar conectada con los fenómenos atmosféricos porque devolvía sus instintos a la tierra, ensalzando así su condición primaria. Pero, al mismo tiempo, a diario intentaba alejarse de cualquier estímulo que, sin provenir de su propio yo, gobernara algún aspecto de su vida. Lo único que sabía a ciencia cierta era que aquella batalla estaba condenada a quedar siempre en tablas. Sea como fuere, los días de lluvia se levantaba enfada, y no había nada que pudiese hacer al respecto. Si la jornada era buena, el enojo solía ir desapareciendo paulatinamente, nunca antes del mediodía. Hasta ese momento (a no ser que fuera estrictamente necesario) era mejor no dirigirle la palabra.

En esas estaba aquel martes de cielo gris, aire gris y miradas grises. Para colmo, el despertador no había sonado, y tuvo que correr con urgencia y sin ganas para no perder el autobús. Cuando subió sintió como el corazón y los pulmones se le salían (juraría que literalmente) por la boca. Se acomodó en uno de esos asientos del fondo que están orientados hacia atrás. Aunque muchas personas se mareaban en ellos, prefería sentarse allí siempre que llovía. Fijaba su vista en un punto del paisaje urbano y no la quitaba hasta que éste desaparecía. Mediante esa catarsis obligada, se forzaba a abandonar los malos pensamientos junto a ese tramo de la calle que el vehículo dejaba atrás. Concentrada como estaba en aquello, no reparó en la anciana que se sentó justo a su lado. Lo hizo poco segundos después, cuando comenzó a cantar. Sólo entonces apartó sus ojos de la ventana para observarla. Era menuda, de pelo brillante y plata y vestía un abrigo verde y unas botas de plástico color amarillo chillón. Supo al instante que si los duendes existieran serían como aquella mujer. Ella, por su parte, respondió a su mirada indiscreta con una media sonrisa que no le impidió seguir tarareando.

-Parece que lleva a rajatabla aquello de “al mal tiempo, buena cara” ¿no?

-Más bien eso otro de “la felicidad es un acto subversivo”.

No se esperaba esa respuesta y por eso le maravilló. Todo aquel o aquella que hiciese trizas sus expectativas le caía bien al instante.

-¿Es usted subversiva?

-No concibo a la persona que no lo es.

-Pues las hay, a patadas.

-Igual por eso cada vez hay menos. Sin embargo hay mucha gente. La gente apenas tiene rostro, sin eso es imposible sublevarse.

-¿Sublevarse contra qué?

-Contra lo que no es justo, supongo que ahí está todo. Lo que no es justo no es bueno, y si no es bueno hay que desterrarlo.

-Lo dice como si fuese simple.

-Han hecho de lo simple lo más complicado.

Se concedió unos segundo antes de contestar. La anciana seguía cantando, también lo había hecho entre frase y frase. Era una melodía agradable, aunque no la identificó con ninguna que hubiese escuchado antes.

-¿Usted canta porque está contenta?

-No, canto para que las personas como tú no se olviden de bailar.

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Ilustración de Marcos Severi.