La mirada volátil

"Lo único que nos tapará la boca serán los besos"

Ju(n)sticia

-¿Cual es la palabra de esta tarde?

-Hoy te traigo dos que, aunque parezcan sinónimos, son súper antónimos. Súper de mucho, no de héroes o heroínas.

-No sabía que eso también tenía grados.

Jugaban a aquello porque entendían que las cosas buenas de la vida siempre tenían que ser recíprocas. Julia había aprendido a leer con 70 años, Lola había descubierto que el verdadero amor de su vida era la enseñanza con 62 y, juntas, habían dado un estirón que poco tenía que ver con edades, arrugas y crecimiento físico. Julia se había quedado sin plaza en los talleres para personas mayores que el ayuntamiento había ofertado en la casa de jubilados del barrio y Lola, profesora de esas clases, se había ofrecido a dárselas de manera individual los domingos por la mañana. Desde entonces, la primera ya no ocupaba esas horas en hacer croquetas para sus nietos, que iban a comer con ella ese último día de la semana. Y la segunda, ahora se tomaba el vermut en casa, entre lección y lección.

-Vente a mi casa y te enseño, a mí me apetece mucho.

-Pero yo no te puedo pagar Dolores, y las cosas gratis me cangustian un poco.

-¿A estas alturas me vas a venir con el orgullo?

Julia siempre llamaba Dolores a Lola, que no le corrigió el vocablo mal dicho porque sabía que no era un fallo. Sí, aquella mujer estaba aprendiendo a leer, pero era tan dueña de su lenguaje que se permitía inventar todas las palabras que necesitara para explicar su mundo que, por otro lado, nunca tuvo colores pastel ni tardes tranquilas. Cangustiar era mucho más que angustiar.

-Es cuando el dolor se te mete aquí, en las tripas, y te hace ir al baño muchas veces.

Lola se había pasado los años trabajando como secretaria, mecanografiando un montón de términos por minuto (fue una trabajadora muy eficiente). Sin embargo, jamás consiguió dominar las letras hasta el punto de hacerlas suyas y moverlas a su antojo.

-Me tienes que enseñar todas esas expresiones tuyas, porque son maravillosas.

Así que llegaron a ese acuerdo, porque a Julia le cangustiaba que le dieran las cosas gratis, y Lola quería aprender a hacer magia con el habla.

-¿Y cuales son esas palabras, que son súper antónimos, pero súper de mucho no de héroes o heroínas? Cuéntame.

-Justicia y junsticia. Fíjate que no son lo mismo Dolores, y esa diferencia duele. Duele un río, Dolores, casi no se puede soportar.

Lola abrió los ojos y el corazón, porque solo así consigue una hechizar a (hechizarse con) el lenguaje.

-Y yo siempre he dicho junsticia ¿sabes? Ni sé yo muy bien por qué, supongo que así lo aprendí de niña. Da igual, todo el mundo sabe lo que significa, de bien chica aprendes que hay que ser justa en la vida (aunque luego a ti te molan a palos las injusticias, ese es otro asunto). Pero luego aprendí (porque Dolores yo he aprendido mucho contigo, muchísimo) que lo que sale en los periódicos y en los libros es otra cosa. Es la Justicia, así con mayúsculas y sin acentos, bien pronunciadita y neutra, con nombres, apellidos y muchos estudios. La Justicia de trajes, “la de todos y todas” que dicen. Y mira, será que Manolo no era tan tonto y yo soy muy ignorante, pero pensaba que eran lo mismo dicho de otra forma. Pero no, nada que ver Dolores, ¿no te parece tremenbundo? Ahora resulta que la Justicia esa, la estirada que va de blanco y tiene una balanza, es una cabrona. Y la junsticia mal dicha, esa de la de las personas buenas (porque nosotras somos buenas Dolores, la mala baba no tiene nada que ver con los corazones) esa que es la importante, no importa una migaja a la gente importante. Y pasa que la Justicia, con esa espada que lleva a veces, mata a la junsticia, y le hace una escabechina que yo ya no sé qué va a pasar. Porque yo antes no sabía leer, pero siempre he sabido lo que está bien y lo que está mal, y esos que están tan viajados, que tanto saben, esos que nunca hablan mal (que son cultos Dolores, porque lo son), esos y esas no tienen ni idea del bien ni del mal, han deformado la realidad. Y así, ¿quién nos protege? Porque yo creo que para poder juzgar, lo primero es ser justo o justa ¿o qué? Y para eso hay que ser buena persona y no tener miedo. Y yo creo que la Justicia con mayúsculas vive acojonada, acojonada y envenenada. Por eso ¿sabes qué te digo, amiga? Que le den por culo a esa Justicia. Yo prefiero la otra palabra, la buena, porque sí; yo no la digo mal porque no son lo mismo.

Lola cerró los ojos unos segundos. Y pensó en lo bonito que sería que Julia les gritara todo aquello a las personas de ropa cara, cultivadas y viajadas. Esas que seguramente se reirían de su equivocación quedando totalmente retratadas. Porque su amiga hasta hace poco no sabía leer, pero desde siempre había sido muy válida y muy justa, y muy inteligente aunque Manolo la llamase tonta y, sobre todo, no estaba equivocada.

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Las ganas de gritar

-¡Papá, papá, ya he llegado del colegio!

Entró en casa como un huracán fuerte. Con la pierna derecha cerró la puerta que acababa de abrir. Después corrió al salón, donde dejó caer al suelo su mochila.

-¿Holaaaaaaaa?, ¿papáááááá?

Dando pequeños saltos cruzó el pasillo y entró a la cocina desabrochándose el abrigo que, igualmente, tiró al piso. Su padre estaba allí, friendo unos filetes. La niña apagó el aparato de música (que estaba a un volumen altísimo) y, solo entonces, él se percató de su presencia.

-¿Qué haces ya aquí? Normalmente tardas un poco más en llegar.

-Hoy no he vuelto con Ane, he venido corriendo desde la escuela.

-¿Corriendo?, ¿ha pasado algo?

-¿Me das un vaso de agua?

Miguel agarró uno del armario y se lo acercó. De puntillas, ella lo llenó en el fregadero y lo bebió a trompicones, haciendo que parte del líquido se derramara por su barbilla, mojándole el pecho.

-Respira, te vas a atragantar.

-Es que es muy grave esto, papá. ¿Están el abuelo y el tato en casa? Diles que cojan el abrigo. Nos marchamos. Tendremos que ir a buscar a mamá al trabajo.

-Estás más roja que un tomate cariño. Siéntate un poco aquí. Y cuéntame, ¿qué pasa?, ¿por qué nos tenemos que ir?

-¿Es que no te has enterado?

-¿Enterarme de qué?

La niña posó el vaso en la mesa ayudándose de las dos manos. Después se dio una palmadita en la frente y suspiró de manera exagerada. Le hizo un gesto a su padre para que se acercara. Éste se agachó y ella le susurró, como si hubiese mucha gente a su alrededor y no quisiera que escucharan lo que decía.

-Papá, ven, más cerca. Así. Lo que tengo que decirte es… – bajó un poco más el volumen de su voz – es que no somos libres.

A él se le escapó una sonora carcajada y Luna frunció el ceño enfadada.

-Shhhh… No es gracioso. Lo he decidido, vamos a escaparnos, como en la peli esa que te gusta. Aunque no tenemos tiempo para hacer agujeros con cucharillas. Pero mira – se sacó una de su bolsillo – he cogido una del comedor por si nos hace falta en el viaje.

Miguel intentó disimular que esa situación y las disparatadas ocurrencias de su hija le divertían mucho.

-¿De dónde te has sacado que estamos presos?

-De que no tenemos libertad.

-¿Y eso?

-Hoy en la universidad de enfrente del cole han hecho una mafinestación.

-Manifestación.

-Y había un montón de personas, pero un montonazo. Más de las que había en la feria de navidad. Y le he preguntado a una de las chicas de último curso y me ha dicho que estaban allí para quejarse porque no tenemos libertad. Y yo le he preguntado que por qué no teníamos eso, y me ha dicho que porque no podemos decir lo que pensamos.

-Ya, pero…

La pequeña continuó sin hacer caso a su padre, como si hubiese cogido una carrerilla que no podía soltar.

-Y me he acordado de mamá, que siempre me dice que no tenga miedo a contar lo que pienso. Y del papá del abuelo, que se tuvo que ir muy lejos de joven porque querían meterlo en la cárcel. Y yo no quiero ir a la cárcel papá, porque seguro que en la cárcel no hay helados de chocolate, ni música para bailar, ni mucho sitio para andar en bicicleta. Además, a mí me encanta cantar con el tato, sobre todo las canciones de ese grupo que tanto le gusta, el de ABCD o algo así. Aunque yo me invento las canciones porque ya sabes que no me gusta el inglés, pero la verdad es que me divierto mucho. Y resulta que ahora tampoco podemos cantar papá, me han dicho eso. Que meten a las personas a la cárcel por cantar ¿te lo puedes creer? Mira papá, no te asustes: estoy segura de que soy la persona más buscada ahora mismo, porque cantar es una de mis cosas favoritas del mundo, eso y que me hagas cosquillas en la espalda. Igual también está prohibido, ¿tú sabes si se puede hacer? Y también he oído algo de un libro, que se lo llevaron para que la gente no pudiese leerlo. A mí me encanta que me leas libros antes de dormir. No sabía que leer estaba mal, ni tampoco escribir. Con lo que me costó aprender. Vaya que es un rollo. Y me da miedo, como cuando hace tormenta y se va la luz. Porque yo quiero jugar, y cantar, y bailar, y andar en bicicleta, y escribirme cartas con Ane, y que me leas todos los libros del mundo, y comer helado de chocolate hasta que se me congele el cerebro.

 

Miguel seguía agachado, escuchando a su hija que, aunque había comenzado su monólogo susurrando, ahora casi lo gritaba. Y él, que ya no se reía ni disimulaba, estaba serio, y también sintió unas ganas horribles y a la vez preciosas de gritar.

Soltar y saltar

Esa mujer, mayor y algo despeinada, le ponía nerviosa. Llevaba ya 5 minutos sentada allí, frente a ella, y no había dicho nada. Si iba a ser así todo el rato, no pensaba volver.

 

-Deja de mirar al reloj, lo vas a desgastar.

-Tengo que hacer muchas cosas hoy, ¿no podríamos acabar antes? O por lo menos empezar. No se si voy a llegar a todo.

-¿Te incomoda estar aquí?

-Un poco.

-¿Tienes miedo?

-¿A qué?

-No sé, a no llegar a las cosas.

-Mmmm…- tardó unos segundos en contestar – Creo que lo que me aterroriza es el paso del tiempo, ya sabes, no ocuparlo en algo de provecho.

-No te he preguntado por el terror, te he preguntado por el miedo.

-Al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?

-No pueden ser más distintos.

 

Llevaba mucho tiempo dudando entre ir o no a terapia. Lo que no había aprendido a su edad, ¿podría aprenderlo ahora? Muchas personas se lo habían recomendado: “te va a sentar genial, ya lo verás”, “está bien tener ayuda”, “a mi vecina le fue de maravilla”. Nunca faltaba esa frase “a mi vecina, le fue de maravilla” como si todo el mundo tuviese algún vecino que refutara su consejo, como si nos asignaran a uno al nacer:

Este es el vecino que te ha tocado. Úsalo siempre que necesites convencer a alguien. Puede cambiar de aspecto, género, procedencia, edad y residencia en función de las necesidades de tu relato.

A los vecinos a los que tan bien les había ido la terapia, se los imaginaba a todos con sombrero. Sombreros de copa, boinas, gorras… algo que tapara sus cabezas y las mantuviese siempre calientes. Ese era el problema ¿no? Escaldar las ideas, conservar el cerebro invariablemente cálido (aquello convertía a las pasiones en un arma de doble filo). Y allí estaba Amets, decidida a probar suerte, convencida de que también ella era la vecina de alguien. Se había puesto una pamela fucsia que compró su madre para una boda.

 

 

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-¿Y en qué se diferencian?

-El terror encarcela, el miedo impulsa a soltar. A soltar y a saltar.

-¿Y lo que yo siento qué es?

-Eso me lo tendrás que decir tú. ¿Te condena, o te libera?

-Me agobia la resta imparable.

-Eres una necia contadora en negativo.

-¿Cómo dices?

– “Si encontráramos la manera, podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana”. Es de Cortázar, ¿lo habías escuchado?

-En todo caso leído.

-La literatura siempre se escucha, no con los oídos vale, pero sí con el alma… Bueno, pero dime, ¿qué es lo que te da realmente miedo?

-¿No deberías apuntar mis respuestas en algún cuaderno?

-No me hace falta. Vamos, contéstame.

-Me asusta envejecer, que los días pasen de largo y… morir. Eso me hace tremendamente infeliz.

-No te da miedo la muerte, te aterroriza la vida ¿Sabes? El lenguaje es importante… los días son sujetos pasivos de nuestras acciones, se usan y se desgastan, no pasan.

-Eso es una tontería. Lo que más me angustia celebrar el paso del tiempo: año nuevo, cumpleaños, aniversarios… ¿Por qué?

-Supongo que porque la vida está para eso: para llenarnos las venas de brindis, rozarnos las carnes y las alegrías y masticar manjares y penas.

-¿No te da miedo envejecer?

-Claro, pero el miedo me grita que salte, que estoy viva. Me avisa, para que no se me olvide. Te lo he dicho, el miedo te ayuda a soltar y a saltar ¿Sabes? Tú no tienes miedo, tenías razón. Tienes terror.

– ¿Tú crees?

-Estás totalmente enjaulada.

-Puede ser, nunca lo había visto así… Igual sí que funciona esto de las sesiones ¿eh?, puede que Mikel tenga razón y sí que esté un poco loca.

-Seguro que te sirven, dicen que la doctora es increíble. Ya… entiendo tu cara. Yo soy la mujer que limpia, estoy esperando para darle las llaves a la señora Martínez, ya he acabado mi jornada.

-¿Qué?

-Pero te digo una cosa, no creo que estés loca. Y si lo estás… lo estamos todas. Y ¿sabes qué? Entre personas locas el mundo parece más cuerdo.

Somos infinitas #8M

Manuela tiene 80 años, las manos ciegas y los ojos cansados. Dicen que nunca ha trabajado, pero ella sabe que es la responsable de que sus seis hijos hayan salido adelante. Manuela es ama de una casa en la que nunca tuvo voz ni voto. Esa expresión le da risa (ama… ¿ama de qué), no es risa alegre, es risa cínica; acuchillada, cortante. Manuela tiene 80 años, varices en las cuerdas vocales y estrías en el corazón. Piensa a menudo en la muerte, mezclando el miedo y las ganas. Pensar en la muerte es pensar en la vida, en esa vida en mayúsculas que nunca tuvo opción de vivir. Piensa y se cocina las ilusiones a fuego lento, con mimo, sal y todas las cosas que engordan. Es su banquete, el único que ha hecho por y para ella. Manuela tiene 80 años y no quiere fregar más. Dicen que nunca ha trabajado, pero no conoce qué es tener vacaciones. Se pone su delantal, con lamparones y todo, y sale a una calle que, por primera vez en mucho tiempo, la abraza y la convierte en libertad.

Nerea no llega a los 17, pero a menudo desearía ser mayor. Mira al mundo con recelo, el mismo recelo con el que el mundo la observa. Su vida está llena de unas opciones que no la representan. Sus sueños, dicen, tampoco le pertenecen, son de otros, de los otros. Nerea no llega a los 17, y vibra con ritmos desconocidos (lo desconocido a veces asusta, pero ella es valiente). Y quiere, desea ser, pero por ser, no le dejan. Nerea no quiere aprender a sentarse bien, quiere que su melena se siga enredando con el viento y que sus muslos se rocen al andar y se irriten cuando hace calor. Descubre que la incomodidad de los demás, no tiene por qué ser la suya. Nerea sale a la calle dispuesta a escribir con fuego que no hay más futuro que este presente que se construye con manos amigas, y que los anhelos son para quien los respire, y eso la incluye también a ella.

 

Cartel del 8 de marzo 2018 Hacia la Huelga feminista

 

Alicia cumple 30 el mes que viene. Mientras se maquilla frente al espejo del tocador, se regocija en su ausencia porque ya no odia su presencia. Y es que Alicia tiene dos vidas: la suya y la que se han inventado. En un tiempo idiota y ridículo creyó más a la segunda que a la primera, “pero aquello se acabó” se dice a través de los poros de su piel. Se explaya en los ojos: hoy va a ser más ella que nunca. Sale a la calle para gritarle al mundo que su trabajo es fruto de su esfuerzo y no de una cara y un cuerpo criticado por ser normativamente hermoso. Harta de ser subestimada, se pinta los labios de rojo y es rebelión, rebelión que cuestiona a los que siempre la han cuestionado. Y pide el mismo trato y el mismo sueldo que tienen sus compañeros de empresa, porque pedir no es de mala educación, pedir es luchar, pedir es justicia.

Rosa tiene 15 años vividos, pero 50 biológicos. Hasta entonces, no se reconocía ni en su DNI. La obligaron a verse con los ojos de las personas que le miraban desde fuera, ignorando sus entrañas. Ha llorado tanto que ahora solo quiere reír. Pero sabe que su libertad hace dieta de derechos, y el hambre casa poco con la alegría. Sale a la calle decidida, contenta, fuerte. Sale y baila a su pasado, a su presente, a su historia, a su cuerpo.

Samira tiene 40 años, un país que desde la lejanía le sueña todas las noches, y unas ruedas que se convirtieron en sus piernas. Su esencia no entiende de limitaciones, sin embargo, han construido un montón de barreras que entorpecen a su viento y a su fuego. Samira no quiere ser víctima, quiere ser bruja, y reina, y hada y duende y escoba voladora. Por eso sale a la calle, porque quiere hacer, quiere ver y ser vista.

Manuela tiene 80 años, las manos ciegas y los ojos cansados. Nerea no llega a los 17, pero a menudo desearía ser mayor. Alicia cumple 30 el mes que viene. Rosa tiene 15 años vividos pero 50 biológicos. Samira más de 40, un país que desde la lejanía le sueña todas las noches, y unas ruedas que se convirtieron en sus piernas. Salen a la calle y se abrazan, y se aman, y se llaman hermanas. Y gritan de emoción y lloran de rabia, por las que están, por las que se fueron, por las que vendrán.