La mirada volátil

"Lo único que nos tapará la boca serán los besos"

Cuando el miedo gana

-¿Te hablaban tus padres de sexo?

Mientras preguntaba, aspiró el cigarrillo como si solo quedasen dos caladas, aunque lo acababa de encender. El humo atravesó su garganta a trompicones, sonando a tos seca.

-¿Te refieres a la conversación?

-Sí.

-No. Un día me regalaron una caja de condones. Supongo que con eso dieron todo por dicho.

-Pragmatismo puro, ¿eh?

-Yo lo agradecí, no creas. Además no estaban preparados para entender que yo no necesitaba de eso.

-¿Tú lo estabas?

-¿Preparada? Sí, no sé. Nunca me lo cuestioné. Mi madre estaba nerviosísima, muy incómoda. Me los dio como si me estuviese entregando algo ilegal. Imagínate si después de pasar ese mal trago le digo que no hacía falta: “Oye mamá que… muchas gracias, pero te los puedes guardar, que los penes no me gustan”.

-Claro, seguro que dirías pene.

Las dos rieron. Los rayos del sol se colaban por los cristales de la ventana. Se quedaron un rato mirando el reflejo de las motitas de polvo que flotaban en el ambiente. Ninguna de las dos tenía claro si amanecía o anochecía.

-¿Cuánto llevaremos aquí?

-No tengo ni idea. Pero estoy segura de que aún no ha pasado el tiempo suficiente.

Estaban acostadas en una cama revuelta de una habitación revuelta. El caos de sus melenas se acompasaba con el ambiente. Alika levantó el brazo izquierdo y Sara aprovechó el momento para apoyarse sobre su pecho.

-El corazón te va a mil, me relaja.

-Mi abuelo decía que era el sonido del mar. Como nunca lo conoció decidió que esa era la voz de las olas.

-Cuando vayas, le puedes regalar una caracola de mar, para que lo escuche.

-No, ni de coña. Es más bonito pensar que somos océano. Tú eres El Mar Sara, a veces un poco bravo, con olas gigantes… pero divertidísimo. Y precioso, el más bonito que hay.

Ambas cerraron los ojos mientras Sara imitaba los ruidos del oleaje. Calló para hablar.

-¿A ti?, ¿te hablaron de sexo?

Akina rió.

-¿Estás loca? Está prohibido hablar de esas cosas.

Volvieron al silencio, para escuchar a sus dedos hablar. Sara redibujaba las curvas de su compañera con las yemas, deleitándose con la suavidad de su piel.

-Da miedo, ¿verdad? – dijo al cabo de un rato.

-El ¿qué?

-El propio miedo. Fíjate, estaba prohibido hablar… y ahora hay personas que nos quieren prohibir ser. 400.000. Yo no sé si he visto a 400.000 personas en mi vida.-Sara se incorporó para mirar a Akina a los ojos. Gesticulaba con exageración- Ni contando aquella vez que fuimos al Museo Reina Sofía y casi me mareo de toda la gente que había. Nos tienen miedo. A mí por amar, a ti por ser y amar. Bueno, amar es ser. No sé, qué lío.

-De todas maneras…Yo creo que no son tantas personas.

-Muchas es demasiado…

-Además, eso no es miedo, eso es odio.

-El odio llega cuando el miedo gana. Solo es el miedo elevado a la máxima potencia. Su grado más alto.

Volvió a refugiarse en el pecho de su amante, que la apretó con fuerza. Se quedaron dormidas, Sara escuchando el océano de Akina, Akina imaginando a esa Sara adolescente a la que le hubiese encantado conocer. Se despertaron cuando un rayo de sol fulminó la opacidad de sus párpados.

-¿Amanece o anochece?

-No sé. No sé cuánto tiempo llevamos aquí, pero seguro que no es suficiente. Es difícil salir de este 2 de diciembre.

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La cena

Se chupó los dedos de la mano derecha y después tragó, entrecerrando los ojos. Una gota de grasa asomó por la comisura de sus labios que, de manera ineficiente, intentaron pararla. Siguió descendiendo por su barbilla y al final tuvo que usar la servilleta. Ese minúsculo riachuelo de aceite, limón y goce se antojaba como una perfecta oda al placer y el disfrute. Se arrepintió de haberse limpiado: ¿no habían venido precisamente para eso?

-Yo no sé si a ella le gustaba el marisco, nunca le vi comprarlo… Pero menuda gloria.

-Bendita. Bendita esta gloria y bendita ella, que también una gloria era.

Sonrió como aprobación y se acordó de que Mara siempre decía que Josefa hablaba “como en poesía”. Eso solía sonarle a disparate.

-Simplemente habla dando vueltas ¿Poetas? los poetas no son de nuestro mundo.

-¿Cual mundo, Carmen?

-Pues este, el que pisamos.

Entonces Mara resoplaba y volvía a repetir lo mismo “fíjate, habla bonito, como en poesía”. Y empezaba a recitar las tablas de multiplicar, porque defendía que cuando no se quería escuchar con el corazón, lo mejor era invertir ese tiempo en ejercitar la memoria (que no era otra cosa que el corazón de la mente). Ahora, en ese restaurante rimbombante y algo hortera, Carmen se dio cuenta de que su amiga siempre había tenido razón. Josefa era una poetisa con mucho talento.

-Yo no te veo ninguna ojera.

La intervención de Marisa le llegó como un abrazo que terminó en una gran carcajada grupal. Estaba sorda pero se negaba a utilizar el audífono. Todas habían reñido más de una vez y más de diez con ella por ese tema. Todas menos Mara, que siempre defendía su elección.

-Déjala, qué te importará a ti lo que se ponga o deje de poner.

-Pues que por cabezona se queda sin escuchar. Menos cuando le interesa, porque entonces claro que oye…

-El oído selectivo es de lo más inteligente, chica, ya me gustaría a mí.

Carmen volvió a la realidad del restaurante con la estridente voz y siempre demasiado alta de Enriqueta. Antaño le hubiera molestado ese tono que se colaba hasta los huesos, aquella noche lo saboreó con nostalgia.

-¿Ojeras? ¡Ojeras me van a salir a mí de gastar el tiempo repitiéndote las cosas!, ¡qué suplicio Marisa, Dios mío (…)

Enriqueta siempre fue la más dramática y elegante de las cinco (cinco, ese número ahora dolía). Esa misma noche había montado en cólera cuando el camarero le invitó a ponerse unos baberos que daban a todos los comensales para que no se mancharan con el manjar. ¿Cómo iba ella a ponerse de esa guisa?

Carmen volvió a viajar de la mano de Mara. Ahora le estaba explicando que en realidad Enriqueta seguro era una gran actriz de teatro encubierta que escapaba del fbi. Por eso hablaba tan alto, porque estaba acostumbrada a brillar sobre el escenario.

-No sé a quién le gusta más el drama, si a ti o a ella.

-A veces, el drama es exquisito.

-(…) ¡Qué suplicio!

-¿Qué dices ahora del subsidio de tu tío? Estás chalada.

Volvieron a reír. En el fondo Marisa se divertía sacando de quicio a su amiga. En un segundo todas callaron, mirándose, las unas a las otras, a sus ojos cristalinos y protegidos por bonitos marcos de arrugas. Carmen cogió su copa de vino y la alzó, las demás le siguieron y sin decir nada más, brindaron al unísono:

-¡Por las chaladas!

-Nosotras estamos chaladas, camaradas – sentenció Josefa.

Y en algún precioso y preciso instante de esos segundos que merodeaban por la mesa, entendieron un mensaje que ya no tenía voz ni presencia. Ahí estaban, deleitándose de esa cena a la que Mara les había invitado. “Id, he ahorrado para que os deis el festín que nos merecemos”, ponía en la tarjeta. Y ahí seguían; convidadas a comer juntas en honor y amor de quien ya no estaba. Porque las cinco lo merecían. Cinco, de repente ese número no dolía ni un poco.

Y ahí seguían.

Ju(n)sticia

-¿Cual es la palabra de esta tarde?

-Hoy te traigo dos que, aunque parezcan sinónimos, son súper antónimos. Súper de mucho, no de héroes o heroínas.

-No sabía que eso también tenía grados.

Jugaban a aquello porque entendían que las cosas buenas de la vida siempre tenían que ser recíprocas. Julia había aprendido a leer con 70 años, Lola había descubierto que el verdadero amor de su vida era la enseñanza con 62 y, juntas, habían dado un estirón que poco tenía que ver con edades, arrugas y crecimiento físico. Julia se había quedado sin plaza en los talleres para personas mayores que el ayuntamiento había ofertado en la casa de jubilados del barrio y Lola, profesora de esas clases, se había ofrecido a dárselas de manera individual los domingos por la mañana. Desde entonces, la primera ya no ocupaba esas horas en hacer croquetas para sus nietos, que iban a comer con ella ese último día de la semana. Y la segunda, ahora se tomaba el vermut en casa, entre lección y lección.

-Vente a mi casa y te enseño, a mí me apetece mucho.

-Pero yo no te puedo pagar Dolores, y las cosas gratis me cangustian un poco.

-¿A estas alturas me vas a venir con el orgullo?

Julia siempre llamaba Dolores a Lola, que no le corrigió el vocablo mal dicho porque sabía que no era un fallo. Sí, aquella mujer estaba aprendiendo a leer, pero era tan dueña de su lenguaje que se permitía inventar todas las palabras que necesitara para explicar su mundo que, por otro lado, nunca tuvo colores pastel ni tardes tranquilas. Cangustiar era mucho más que angustiar.

-Es cuando el dolor se te mete aquí, en las tripas, y te hace ir al baño muchas veces.

Lola se había pasado los años trabajando como secretaria, mecanografiando un montón de términos por minuto (fue una trabajadora muy eficiente). Sin embargo, jamás consiguió dominar las letras hasta el punto de hacerlas suyas y moverlas a su antojo.

-Me tienes que enseñar todas esas expresiones tuyas, porque son maravillosas.

Así que llegaron a ese acuerdo, porque a Julia le cangustiaba que le dieran las cosas gratis, y Lola quería aprender a hacer magia con el habla.

-¿Y cuales son esas palabras, que son súper antónimos, pero súper de mucho no de héroes o heroínas? Cuéntame.

-Justicia y junsticia. Fíjate que no son lo mismo Dolores, y esa diferencia duele. Duele un río, Dolores, casi no se puede soportar.

Lola abrió los ojos y el corazón, porque solo así consigue una hechizar a (hechizarse con) el lenguaje.

-Y yo siempre he dicho junsticia ¿sabes? Ni sé yo muy bien por qué, supongo que así lo aprendí de niña. Da igual, todo el mundo sabe lo que significa, de bien chica aprendes que hay que ser justa en la vida (aunque luego a ti te molan a palos las injusticias, ese es otro asunto). Pero luego aprendí (porque Dolores yo he aprendido mucho contigo, muchísimo) que lo que sale en los periódicos y en los libros es otra cosa. Es la Justicia, así con mayúsculas y sin acentos, bien pronunciadita y neutra, con nombres, apellidos y muchos estudios. La Justicia de trajes, “la de todos y todas” que dicen. Y mira, será que Manolo no era tan tonto y yo soy muy ignorante, pero pensaba que eran lo mismo dicho de otra forma. Pero no, nada que ver Dolores, ¿no te parece tremenbundo? Ahora resulta que la Justicia esa, la estirada que va de blanco y tiene una balanza, es una cabrona. Y la junsticia mal dicha, esa de la de las personas buenas (porque nosotras somos buenas Dolores, la mala baba no tiene nada que ver con los corazones) esa que es la importante, no importa una migaja a la gente importante. Y pasa que la Justicia, con esa espada que lleva a veces, mata a la junsticia, y le hace una escabechina que yo ya no sé qué va a pasar. Porque yo antes no sabía leer, pero siempre he sabido lo que está bien y lo que está mal, y esos que están tan viajados, que tanto saben, esos que nunca hablan mal (que son cultos Dolores, porque lo son), esos y esas no tienen ni idea del bien ni del mal, han deformado la realidad. Y así, ¿quién nos protege? Porque yo creo que para poder juzgar, lo primero es ser justo o justa ¿o qué? Y para eso hay que ser buena persona y no tener miedo. Y yo creo que la Justicia con mayúsculas vive acojonada, acojonada y envenenada. Por eso ¿sabes qué te digo, amiga? Que le den por culo a esa Justicia. Yo prefiero la otra palabra, la buena, porque sí; yo no la digo mal porque no son lo mismo.

Lola cerró los ojos unos segundos. Y pensó en lo bonito que sería que Julia les gritara todo aquello a las personas de ropa cara, cultivadas y viajadas. Esas que seguramente se reirían de su equivocación quedando totalmente retratadas. Porque su amiga hasta hace poco no sabía leer, pero desde siempre había sido muy válida y muy justa, y muy inteligente aunque Manolo la llamase tonta y, sobre todo, no estaba equivocada.

Las ganas de gritar

-¡Papá, papá, ya he llegado del colegio!

Entró en casa como un huracán fuerte. Con la pierna derecha cerró la puerta que acababa de abrir. Después corrió al salón, donde dejó caer al suelo su mochila.

-¿Holaaaaaaaa?, ¿papáááááá?

Dando pequeños saltos cruzó el pasillo y entró a la cocina desabrochándose el abrigo que, igualmente, tiró al piso. Su padre estaba allí, friendo unos filetes. La niña apagó el aparato de música (que estaba a un volumen altísimo) y, solo entonces, él se percató de su presencia.

-¿Qué haces ya aquí? Normalmente tardas un poco más en llegar.

-Hoy no he vuelto con Ane, he venido corriendo desde la escuela.

-¿Corriendo?, ¿ha pasado algo?

-¿Me das un vaso de agua?

Miguel agarró uno del armario y se lo acercó. De puntillas, ella lo llenó en el fregadero y lo bebió a trompicones, haciendo que parte del líquido se derramara por su barbilla, mojándole el pecho.

-Respira, te vas a atragantar.

-Es que es muy grave esto, papá. ¿Están el abuelo y el tato en casa? Diles que cojan el abrigo. Nos marchamos. Tendremos que ir a buscar a mamá al trabajo.

-Estás más roja que un tomate cariño. Siéntate un poco aquí. Y cuéntame, ¿qué pasa?, ¿por qué nos tenemos que ir?

-¿Es que no te has enterado?

-¿Enterarme de qué?

La niña posó el vaso en la mesa ayudándose de las dos manos. Después se dio una palmadita en la frente y suspiró de manera exagerada. Le hizo un gesto a su padre para que se acercara. Éste se agachó y ella le susurró, como si hubiese mucha gente a su alrededor y no quisiera que escucharan lo que decía.

-Papá, ven, más cerca. Así. Lo que tengo que decirte es… – bajó un poco más el volumen de su voz – es que no somos libres.

A él se le escapó una sonora carcajada y Luna frunció el ceño enfadada.

-Shhhh… No es gracioso. Lo he decidido, vamos a escaparnos, como en la peli esa que te gusta. Aunque no tenemos tiempo para hacer agujeros con cucharillas. Pero mira – se sacó una de su bolsillo – he cogido una del comedor por si nos hace falta en el viaje.

Miguel intentó disimular que esa situación y las disparatadas ocurrencias de su hija le divertían mucho.

-¿De dónde te has sacado que estamos presos?

-De que no tenemos libertad.

-¿Y eso?

-Hoy en la universidad de enfrente del cole han hecho una mafinestación.

-Manifestación.

-Y había un montón de personas, pero un montonazo. Más de las que había en la feria de navidad. Y le he preguntado a una de las chicas de último curso y me ha dicho que estaban allí para quejarse porque no tenemos libertad. Y yo le he preguntado que por qué no teníamos eso, y me ha dicho que porque no podemos decir lo que pensamos.

-Ya, pero…

La pequeña continuó sin hacer caso a su padre, como si hubiese cogido una carrerilla que no podía soltar.

-Y me he acordado de mamá, que siempre me dice que no tenga miedo a contar lo que pienso. Y del papá del abuelo, que se tuvo que ir muy lejos de joven porque querían meterlo en la cárcel. Y yo no quiero ir a la cárcel papá, porque seguro que en la cárcel no hay helados de chocolate, ni música para bailar, ni mucho sitio para andar en bicicleta. Además, a mí me encanta cantar con el tato, sobre todo las canciones de ese grupo que tanto le gusta, el de ABCD o algo así. Aunque yo me invento las canciones porque ya sabes que no me gusta el inglés, pero la verdad es que me divierto mucho. Y resulta que ahora tampoco podemos cantar papá, me han dicho eso. Que meten a las personas a la cárcel por cantar ¿te lo puedes creer? Mira papá, no te asustes: estoy segura de que soy la persona más buscada ahora mismo, porque cantar es una de mis cosas favoritas del mundo, eso y que me hagas cosquillas en la espalda. Igual también está prohibido, ¿tú sabes si se puede hacer? Y también he oído algo de un libro, que se lo llevaron para que la gente no pudiese leerlo. A mí me encanta que me leas libros antes de dormir. No sabía que leer estaba mal, ni tampoco escribir. Con lo que me costó aprender. Vaya que es un rollo. Y me da miedo, como cuando hace tormenta y se va la luz. Porque yo quiero jugar, y cantar, y bailar, y andar en bicicleta, y escribirme cartas con Ane, y que me leas todos los libros del mundo, y comer helado de chocolate hasta que se me congele el cerebro.

 

Miguel seguía agachado, escuchando a su hija que, aunque había comenzado su monólogo susurrando, ahora casi lo gritaba. Y él, que ya no se reía ni disimulaba, estaba serio, y también sintió unas ganas horribles y a la vez preciosas de gritar.